La aventura del español Pedro Páez en su PERIPLO a Etiopía (Tercera parte)

Continuamos el relato de la aventura del viajero Pedro Páez en Etiopía (Parte 3).

Haciendo uso de los preceptos de Alessandro Valignano, quien proponía una “evangelización gradual”, Páez levantó una nueva iglesia y aprendió buena parte del lenguaje amárico en menos de un año, lo que le permitió leer los antiguos textos religiosos de Etiopía. De nuevo, su energía, su ingenio, su simpatía personal, su enorme capacidad intelectual y su facilidad para los idiomas le abrían todas las puertas.

Etiopía es un país que cabalga sobre sus mitos: eso es lo que encontró Pedro Páez a su llegada a Fremona. Y esto lo encontraremos nosotros cuando viajemos a este gran destino en octubre de 2018, cuando tenemos programado nuestro viaje. Sin ir más lejos,  los etíopes creen que provienen del rey Salomón y de la famosa reina de Saba, cuestión que carece de base histórica según los arqueólogos. Pero ya hablaremos de esta historia en otra ocasión.

Para continuar con el periplo de Pedro Páez, es importante comentar qué sucedía en Etiopía cuando llegó a Fremona. En los siglos siguientes de la conversión del país al cristianismo, se sucedieron emperadores de diferentes linajes, de familias diversas provenientes de la nobleza terrateniente, quienes de inmediato se proclamaban descendientes directos de la reina de Saba. Para certificar la pureza de su sangre, siempre contaban con la complicidad del abuna, el obispo copto nombrado patriarca del país por la Iglesia egipcia. El último emperador, Haile Selassie, depuesto en 1974, repitió la jugada, y eso que había nacido en las cercanías de Harar, al oriente del país, una zona tradicionalmente musulmana en donde nunca corrió una sola gota de sangre salomónida.

Páez realizó diversas visitas a los reyes de Etiopía, y es importante hacer hincapié en esta palabra ya que hasta su muerte pasaron por el gobierno del país varios de ellos. A la llegada de Páez a Etiopía, reinaba en Coga, en el sur del lago Tana, el emperador Jacob, que había sucedido a Sarsa Denguel en 1597. Jacob era un muchacho de quince años, al que manejaban su madrastra Mariam Sina y dos de sus cuñados, mayores que él. Su situación en el trono era en realidad la de un pelele gobernado por aquel triunvirato cuyo cometido era impedir el acceso al trono de dos rivales de Jacob con derechos de sangre: Za Denguel y Susinios. En mayo, Jacob envió mensajeros invitando a Páez a que visitara la corte a partir de octubre cuando cesase la temporada de lluvias, pero sucedió algo inesperado. Za Denguel remplazó a Jacob en el trono y Páez se quedó en Fremona esperando una nueva invitación, dedicando su tiempo para construir la iglesia y mejorar en sus idiomas: el amárico y el gue’ez.

 Nuestro protagonista tenía, pues, no sólo que ser un hábil diplomático y atraerse la confianza del rey para iniciar su tarea de evangelización y devolver Etiopía a la obediencia del Papa. Debía, además, ejercer como un buen polemista para derrotar en los debates teológicos a sus adversarios monofisitas en su propio terreno. Y ese fue el objetivo que le llevó a aprender a hablar y escribir la lengua amárica, y a leer el gue’ez, con toda la rapidez que le fue posible. Ya sabía árabe y había leído el Corán en profundidad. A lo largo de los años siguientes, “llegó a alcanzar un grado superior de conocimiento de la lengua al de los propios nativos”. Durante varios años Pedro Páez dedicó parte de su tiempo en convencer a Za Denguel, a la corte y a discutir con el importante clero etíope. Cuando Za Denguel intentó abrazar el catolicismo, el clero etíope se alió con Za Selasse, y dándose cuenta Páez de los riesgos decidió quitarse de en medio, a pesar de que apreciaba sin duda al emperador. Za Denguel publicó un decreto en el que ordenaba que el día de la fiesta semanal pasase del sábado al domingo. El abuna, el clero local y una buena parte de la nobleza más influyente decidieron tomar las armas. Fue el mismo Za Selasse quien le clavó una jabalina en la cara a Za Denguel, permaneciendo el cadáver del rey abandonado, desnudo y despojado de sus armas y de sus ropas por los soldados enemigos. A partir de esta serie de conspiraciones se sucedieron diversos avatares políticos que urgieron a Paéz a regresar a Freemona poniéndose a salvo y  dando la bienvenida allí a dos nuevos jesuitas.

Nuevas guerras se sucedieron, saliendo victorioso Susinios. El tiempo que se mantuvo Susinios en el poder estuvo marcado por las intenciones de Páez de convencerle para que se arrodillara ante la única religión verdadera, el catolicismo liderado por el Papa de Roma. En este período de tiempo Páez adquirió varias veces la malaria, se enfrentó dialécticamente con el clero local en su lengua nativa, convenció a parte del clero y a buena parte del pueblo de que tenían que renegar del cristianismo etíope. Acompañó en marchas militares a Susinios, el cual fue su gran amigo y confidente hasta su muerte y consiguió, temporalmente y hasta la desaparición de Susinios, que oficialmente todo Etiopía se hiciera una con la Iglesia católica, aunque muy a su pesar, fue su propio hijo quien renegó de las ideas de su padre.

El fracaso de la misión evangelizadora en Etiopía fue responsabilidad de los jesuitas que llegaron tras él a la misión etíope. A la Iglesia, como a todos los poderosos, no le gusta nada hablar de sus fracasos. De 1623 a 1632, toda la obra evangélica de Páez se desmoronó a causa de la torpeza de sus sucesores. De haber vivido más tiempo, tal vez no hubiera sucedido lo mismo y hoy Páez tendría un lugar entre los santos misioneros consagrados por la Iglesia. Y también un sitio de honor en las enciclopedias, una estatua en su pueblo, un monolito en Madrid y una placa en el lugar donde nace el Nilo Azul, como la tiene Speke en la fuente del Nilo Blanco.

 Fin del relato

Bibliografía:

“Dios, el Diablo y La Aventura” Javier Reverte

Editorial Random House Mondadori  (2016)

Historia de Etiopía”  Pedro Páez

Fundación El Legado Andalusí (2009)

Alberto y Eugenio

PERIPLOS la magia de viajar

Publicado en: Literatura viajera

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